Mi?rcoles, 13 de enero de 2010

MORFOLOGÍA DEL GOTELÉ

 

Estamos tan insensibilizados que la violencia es irrelevante.

 

MARILYN MANSON

 

 

 

 

Ahora mi madre va a gritar mi nombre desde la cocina y va a decirme que es la última vez que me dice que me levante. Lo sé porque su conducta es siempre la misma todas las mañanas, cada vez que suena mi despertador a las siete en punto y yo hago como que no he oído, me repliego en el cálido embozo como un animal acosado en el interior de su madriguera, protegido del frío que va apoderándose de las estancias del piso a medida que octubre llega a su fin, a salvo por el momento de las cansinas ceremonias de la rutina y del terror que me produce tener que asistir al instituto un día más, y entonces amoldo mi jeta dolorida (aunque no magullada; de ser así, mi madre me cosería a preguntas) a la hendidura hospitalaria de la almohada, esperando poder disfrutar de esos pocos minutos de tregua que me quedan.

Tres… dos… uno… Ahí va:

-¡Es la última vez que te lo repito, Gabriel! ¡Levántate, que vas a llegar tarde al instituto!

Pero aún no hay de qué alarmarse (pese a que mi madre haya utilizado mi nombre completo, Gabriel, en vez del diminutivo Gabi, de menos seriedad, mucho más amigable, que ella usa siempre que se encuentra de buen humor tal vez porque me he comportado como Dios quiere y manda); todavía tendrá que reiterarme su insoportable letanía unas cuantas veces más, hasta que al fin venga a buscarme al dormitorio y corra las cortinas y abra la persiana de un golpe, con un movimiento brusco de impaciencia y ofuscación, sin importarle en absoluto –o ignorando el hecho- que tras la ventana ya no haya luz hiriente que pueda desvelarme, puesto que el otoño ya se ha asentado y ahora ya no amanece tan temprano. Entonces, estoy seguro, encenderá la luz y tirará de la ropa de cama para que yo quede expuesto al frío de afuera del embozo, que debería quitarme la modorra a bofetadas, lo mismo que cuando mis compañeros de clase tratan de convencerme, en los descansos que hay entre clase y clase o en el recreo, de que el mejor remedio para el frío es un buen par de collejas, y yo accedo a que me las den y ellos se creen que me engañan (pero no es así; lo que ocurre es que tengo que dejarles hacer, tengo que dejarles que me peguen un poco porque, de lo contrario, me golpearían lo mismo pero más fuerte y durante más rato y con más saña, y a saber cuándo pararían), y se dividen en dos filas paralelas para que yo pase justo por en medio, las manos alzadas, abiertas y tensas, ansiosas, enrojecidas de frío, un poco entumecidas de manipular el hielo sucio de los charcos congelados que ellos utilizan para metérmelo por el cuello del jersey, y yo paso corriendo entre las dos filas para que la lluvia de pescozones sea lo más breve posible, aunque, en algún momento que nunca consigo prever con suficiente antelación, las manos se cierran convirtiéndose en puños crispados que caen a plomo sobre mi torpe envergadura y me derriban.

Lo que mi madre no sabe es que, casi todas las mañanas, yo ya estoy despierto desde mucho antes de que suenen su despertador o el mío; la oigo levantarse con una hora de antelación para darse una ducha, para concederse un café con leche a solas consigo misma y poder prepararme el desayuno sin prisas ni sobresaltos. Entretanto, yo permanezco en la cama, en silencio, atento a sus ruidosos movimientos por toda la cocina e incapaz de volver a dormirme porque me atormenta la idea de que, en cuanto cierre los ojos y apenas haya comenzado a retomar el sueño, sonará el fastidioso pitido del despertador y tendré que cumplir con los rituales de todos los días, tendré que cumplir con el calendario escolar, que me conduce cíclicamente de la clase de matemáticas a la de educación física, de los vestuarios del colegio al botiquín, y allí el conserje me hace preguntas mientras me cura las magulladuras y yo le miento o no le respondo porque tengo miedo de que me traten de chivato y tomen represalias… Sé que no serviría de nada rogarle a mi madre o andar inventando excusas (Hoy no, mamá, por favor, me duele mucho la tripa, no me hagas ir al clase hoy…), porque las buenas madres como ella parece que vinieran equipadas con un detector diminuto y muy sofisticado, instalado estratégicamente entre los ventrículos izquierdo y derecho del corazón, que les permite saber en todo momento cuándo mentimos los hijos. Así que lo único que se puede hacer es apurar el tiempo, subirse el embozo a la altura de la nariz, girarse en la cama hacia el lado de la pared y contemplar el gotelé, su asombrosa morfología, cada minúscula gotita de pintura apretada contra tantas otras minúsculas gotitas de pintura que quisieran ser otra cosa… Porque atienden a la misma necesidad de las nubes, de las rocas erosionadas donde embiste el océano, de cualquier cosa amorfa e innumerable, tratando de escapar de su aspecto no definido mediante la imitación de formas ajenas, siendo así que una nube es una nube –o una gotita de pintura es una gotita de pintura- pero también un perro o un unicornio.

Cuando era más pequeño solía quedarme dormido mediante este método de contemplar el comportamiento metamórfico del gotelé: me giraba en la cama hacia el lado de la pared y escogía una gota al azar de entre tantas gotas aparentemente idénticas, y ahí era que la gota que había elegido mutaba en la silueta de una jirafa tratando de alcanzar los brotes más altos, por ejemplo, o en un galgo a la carrera, y en ningún momento se podía de perder de vista a la gota porque si no se confundía con las otras gotas aparentemente idénticas, y en ese instante preciso de distracción la jirafa o el galgo aprovechaban para escapar del acoso de mi mirada, aunque entonces un tigre de musculatura poderosa –otra gota- se cruzaba en mi perímetro visual, uniéndose al juego, como suspendido en la pared y detenido en esa pose elegante que me permitía imaginar colores y detalles, el glamuroso abrigo de su pelaje de fuego rayado, la erótica felina de sus movimientos, su cara alzada y su caminar lento y seguro de príncipe orgulloso, malcriado, hasta que volvía a perder de vista a la gota y otra nueva la sustituía con otra nueva forma animal.

Con el tiempo han cambiado dos cosas en mi manera de contemplar el gotelé: la primera es que ahora lo contemplo al despertarme, no al dormirme; la segunda, que ahora raramente se me aparecen siluetas animales: las formas que adquieren las gotas hoy en día son tan humanas que me producen algo así como un principio de náusea, y aluden a una cotidianidad cíclica, obsesiva, cuando no terrorífica.

-¿Pero cuántas veces te lo voy a tener que repetir, hijo? ¡Que te levantes, coño!

Mi madre ha soltado una palabrota; un aviso más y vendrá como una energúmena hasta mi dormitorio para sacarme de la cama, si es necesario, con sus propias manos. Con sus gritos me ha hecho perder la gota que ya tenía cogida con la mirada, un chaval con una pesada mochila a la espalda que parecía como ladeado, como si quisiera echar a correr y el peso de la mochila no le permitiese libertad de movimientos. Casi enseguida se me aparece otra gota que hace que me olvide de mi madre, de sus gritos y advertencias, del fastidio de tener que madrugar e ir al instituto, aunque curiosamente esta nueva gota se parece mucho a las instalaciones a las que acudo cada mañana ya sin ninguna dignidad: el tejado a dos aguas similar, dos diminutas hebras de pintura que imitan dos columnas que bien podrían ser las que sostienen el porche que hay a la entrada del edificio de dirección, adonde siempre me dirige algún profesor cada vez que me agreden, agasajándome con promesas incumplidas de que nunca más va a ocurrir… No he podido evitar mirar una gota que hay al lado de la que se asemeja a mi instituto, y resulta que es la del chaval de la mochila –el muy mamón: estaba ahí, agazapado, entre dos gotas tan perfectamente esféricas que es casi imposible que surja alguna figura de ellas, quizá temeroso de que mis ojos lo hayan vuelto a descubrir-; o no, o tal vez es una gota muy parecida, una que también presume la silueta de un chaval con un pesado fardo, porque éste no corre o trata de correr, sino que parece arrodillado, con la cabeza hundida entre los hombros, como si al fin lo hubiera doblegado el peso de su espalda y mirase al suelo de manera derrotista. Justo encima del chaval distingo un goterón enorme, voluminoso, casi más grande incluso que la gota que se asemeja a mi instituto, con diversas salpicaduras adheridas a su contorno –sin duda un error al ajustar la cantidad de pintura en el tiro de la pistola que los pintores utilizan para aplicar el gotelé, o quizá un grumo no lo suficientemente espeso para quedarse atascado en el orificio de salida; lo sé porque fue mi padre quien pintó las paredes de este piso-, que se me parece a una turba, a una multitud ansiosa y amotinada. Parecen esperar una señal que los anime a lanzarse contra algo o alguien.

Pero la que va a lanzarse de un momento a otro es mi madre, que hace ya un buen rato que me ha dado el último aviso. Ha maldecido y ha dicho algo acerca de quedarme leyendo hasta tan tarde, pero no me he enterado muy bien porque me he quedado ensimismado mirando una gota muy peculiar, considerablemente diferente en comparación a las otras, que padece como un apéndice, una larga hebra de salpicadura rodeando todo su contorno, a la cual están sujetas otras hebras menores, delgadas y minúsculas, que se acercan al centro, a la masa de la gota originaria, del mismo modo que los hilos de una telaraña se acercan o se alejan unidos al epicentro de la misma. Es una gota complicada en su construcción azarosa, casi se diría que orgullosa de ser diferente y, por lo tanto, reacia a adquirir otro aspecto que no sea el suyo propio; por un momento soy incapaz de distinguir en ella a la multitud de antes rodeando al chaval arrodillado. Y de repente, pegadas a la enrevesada ramificación de hebras que brotan de la hebra principal que surge de la gota -¡madre mía, qué vértigo!-, distingo minúsculas salpicaduras, gotitas ínfimas cercanas a resultar microscópicas, puntitos apenas visibles que se asemejan a piernas y puños, a extremidades que se estiran para alcanzar algo, quizá para pisotear o golpear. Entonces comprendo: veo la gota que representa al chaval de la mochila –o no, o tal vez sea otra gota- como aplanada ahora, porque ya no está de rodillas sino tumbado, y las hebras que son la multitud parecen congregarse en torno a él, arracimarse hasta casi el punto de taparlo, de engullirlo, de ocultarlo en el trajín de un linchamiento, igual que un grupo de leonas que se abalanzase sobre una cebra (en los documentales de vida salvaje que tanto me gusta ver en la tele), y la cebra fuera abatida y desapareciese entre nubes de polvo de la sabana y un escándalo gutural de depredadores hambrientos. Y ya luego no consigo ver al chaval de la mochila, y sólo veo a la muchedumbre congregada.

Tal como yo había previsto, mi madre ha entrado en el dormitorio con cara de pocos amigos, ha encendido la luz y se ha dirigido a la ventana. La pobre siempre está tan atareada, tan concentrada en sus quehaceres domésticos, que nunca se percata de los cambios característicos de luz y clima de cada estación del año; pese a la falta de claridad en el piso no recuerda que a esa hora, y tan adentrados ya en esta época, el día aún no acaba de abrirse. Pero ella corre las cortinas y sube la persiana con brusquedad, diciendo mi nombre en voz muy alta, y cuando descubre la noche ya no tan cerrada tras los cristales, pero aún noche al fin y al cabo, hay un gesto de decepción en su cara no exento de cierta comicidad. Con ese mismo gesto un tanto amortiguado, se sienta a los pies de mi cara y me zarandea y me dice que me despierte –y ella sabe que yo estoy despierto y yo sé que ella sabe que lo sé-, y entonces abandono mi juego y me giro en la cama para mirarla directamente a los ojos, y la ruego y la suplico con la mirada velada de terror por lo que acabo de presenciar, y la digo desesperado: “Hoy no, mamá, por favor, me duele mucho la tripa, no me hagas ir a clase hoy…” Y sé que no consigo engañarla, del mismo modo que no consiguen engañarme mis compañeros de clase, que no servirá una mentira o un pretexto con ella para permitirme eludir mis responsabilidades, y enseguida vendrán los gritos y los “no hay excusas”, y las sábanas, la manta, el edredón, acabarán tirados por el suelo de mi cuarto, y el frío ya tan próximo al duro invierno de mi ciudad sobreviniéndome, calándome de a poco los huesos, subiéndome desde las ingles hasta más arriba del ombligo con una humedad gélida y pegajosa porque me he meado encima.

Mi madre se enfadará muchísimo –más aún que cuando no quiero levantarme- e incluso puede que se avergüence de mí en su fuero interno, y me cogerá de un brazo para sacarme de la cama de un tirón, aunque ya casi la sobrepaso en altura. Ya se inclina, ya viene a por mí: alarga un brazo hacia el embozo, y su mano cuidada y femenina, aun a pesar del maltrato diario que sufre por las ingratas tareas del hogar, se cierra como una pinza arrebujando la ropa de cama. Pero entonces la mano se detiene, vuelve a abrirse, a relajarse, y se alza hasta mi cara y la acaricia con una ternura indecible.

-Está bien, Gabi, quédate durmiendo. Tampoco se va a acabar el mundo si pierdes un día de clase. ¿Qué te parece si desayunas mientras yo cambio las sábanas y arreglo este desastre? Luego puedes echarte otra vez y dormir hasta tarde, si te apetece.

Pero casi no oigo sus últimas palabras, porque otra vez me he quedado ensimismado con una gota, aunque ésta no es de pintura, sino una gota mucho menos densa, más líquida, transparente, una lágrima no contenida que desciende por la mejilla de mi madre casi paralela a su nariz, dejando una estela con reflejos argénteos desde el lagrimal hasta la barbilla, lo mismo que si un caracol hubiese cruzado por su cara. Comprendo entonces que mi madre llora porque al fin ha comprendido, y por eso ha permitido que no vaya hoy al instituto.

 Raúl Viso.


Tags: Relatos de amigos

Publicado por Malahierba11 @ 18:53
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